Recuerdos del presente
Hay que educar al soberano
Humberto Vacaflor
La escalofriante frase de Domingo Faustino
Sarmiento, a la que aludí en una anterior columna, sigue golpeando la realidad:
“Hay que educar al soberano; si no lo haces por justicia, hazlo aunque sea por
miedo”.
Miedo, ahora entiendo bien, a que el pueblo no
educado te imponga un gobierno de ignorantes, o por lo menos a un ignorante en
el gobierno. Ese fue el caso de Mariano Melgarejo. Y Bolivia no aprendió la
lección.
Es decir que en esto se da la situación por la que
los errores de la sociedad se vuelcan contra ella. El soberano no educado,
ignorante, toma el control de las cosas. Es una posibilidad de pesadilla que ya
se dio en Bolivia en el siglo XIX.
Mi padre usaba para estas situaciones una frase
precisa: “por donde pecas, pagas”. Es como si tus errores se juntaran, como si
tus tareas pendientes se organizaran para tomar el control, para tomar el
poder. Es la pesadilla del descuidado.
Bolivia ya tuvo su pesadilla, su castigo, por haber
descuidado la educación. El sargento Melgarejo era, en efecto, un ignorante. Son
conocidas sus alusiones a las potencias europeas de entonces y su idea de que
podía llegar a Francia en su caballo.
No tenía el sentido de las proporciones en la
política exterior. Tampoco, por supuesto, tenía ninguna idea sobre la
diplomacia y el protocolo. Era un ignorante que había capturado el poder.
Cometía errores porque no sabía hacer otra cosa. No tenía capacidad para
distinguir el bien del mal. De la moral, no tenía idea. Era un amoral.
Es que apenas conoció la escuela. Era semi
analfabeto. Las escuelas rurales de ese tiempo ni siquiera eran como las de
ahora, que son pésimas.
Ahora, en efecto, en regiones frías del altiplano,
en Oruro, La Paz o Potosí, los maestros rurales no viven en el lugar donde está
la escuelita. Viven en la ciudad más próxima, donde tienen su casa y su
familia. De allí parten todos los lunes hacia el pueblo donde trabajan. Llegan
en uno o dos días. Y comienzan el retorno a su casa con uno o dos días de
anticipación al fin de semana. En total, han dado uno o dos días de clase por
semana.
Cuando el tan culto Félix Patzi fue nombrado
ministro de Educación, hace dos años, se podía esperar que propusiera al
presidente Evo Morales la única revolución que hace falta en Bolivia: la grande
y radical reforma de la educación. Una revolución que debería comenzar por
cerrar durante al menos un año las escuelas y universidades, para diseñarlo
todo desde cero.
Pero ni siquiera lo propuso. Se entretuvo en
pequeños detalles, sobre si los maestros enseñarán en castellano o en otro
idioma, sin poner el acento en que enseñen y que el Estado se ocupe de ello. Ni
siquiera pensó Patzi que sería justo dar a los niños bolivianos la oportunidad
que él mismo tuvo en su vida de aymara acomodado, de acceder a una educación
universal y desde ella optar por sus preferencias culturales. Su propuesta era
mezquina.
La educación boliviana es muy mala, incluso para los
que llegan a la escuela, a escuelas donde los maestros enseñan de lunes a
sábado. En aquellas donde sólo enseñan martes y miércoles, como algunas de
zonas rurales, es proporcionalmente inferior.
Bolivia necesita resolver el problema de la
ignorancia. O la ignorancia acabará con el país.